ES UN ASCO, NO UN DELITO

Ya hablé hace tiempo de la película A serbian film. Dije y repito que es una cinta mediocre e insustancial que basa todo su potencial en la repugnancia moral que causan la mayoría de sus escenas. Quizá lo único que pueda sacarse en limpio es el shock que sufre el espectador ante tantas asquerosidades encadenadas, el experimento gratuito de someterse a un experimento nauseabundo y sentir las consecuencias los minutos posteriores al visionado. Y a partir de ahí, nada. Porque nada es exactamente lo que puede salvarse de todo cuanto compone la película. O al menos, para mí.

Porque hay una asociación de menores española empeñada en querer ver más allá, en otorgarse el derecho divino de juzgar y castigar a los vivos, y un sistema judicial que parece seguirle la corriente (en base a un Código Penal cuyos torcidos renglones permiten tales fechorías) hasta el punto de haber llegado a imputarse al director artístico del Festival de Sitges por haber programado la película. De lo que parecen no haberse dado cuenta ni los unos ni los otros es de la estupenda campaña publicitaria que le han organizado a la película, logrando con ello el efecto perfectamente opuesto al perseguido porque, ¿quién sabría que existe A serbian film si no es por los tejemanejes de los jueces?

El artículo que ha servido de base a todo esto es el 189.7 CP, que castiga con penas de tres meses a un año de cárcel o multa a quien “produjere, vendiere, distribuyere, exhibiere o facilitare por cualquier medio material pornográfico en el que, no habiendo sido utilizados directamente menores o incapaces, se emplee su voz o imagen alterada o modificada“, lo que constituye una auténtica fechoría legal y un atentado contra el sentido común. En primer lugar, porque el único responsable de una película ante la ley –como la propia ley indica- es el productor de la misma, por lo que no viene a cuento abrir la veda tan abierta y absurdamente como hace el artículo. En segundo lugar, porque si la razón final de todo ello es la conexión con el delito de pornografía infantil, no se entiende bien por qué sí puede producirse, venderse, distribuirse… escenas de asesinatos, torturas, maltratos o palizas no ya de adultos, sino de los propios niños, teniendo siempre en cuenta, además, que todo es una simulación y que estamos hablando de películas de cine. Y en tercer lugar, porque la película se ha exhibido en decenas de festivales de todo el mundo y en ninguno de ellos ha encontrado problema alguno.

Un despropósito más, en fin, a tener en cuenta en la difícil relación España-cine.

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