JOSÉ Y PILAR… Y VICEVERSA

Anduve un tiempo cautivado por José Saramago. Fue después de leer La caverna. No recuerdo ya la razón concreta por la que decidí comprar el libro. La concesión del Premio Nobel, quizás. Me sedujo con fuerza el estilo narrativo, la fluidez de unos párrafos compactos en los que diálogo y narración se presentaban mezclados, sin apenas puntos separando frases ni mayúsculas que ayudasen a ordenar las ideas. Pasé después a su Ensayo sobre la ceguera y la placentera sensación de su lectura no hizo sino agravar la admiración por alguien que por aquel entonces ya era para mí Homero. Pasó el tiempo. No recuerdo muy bien la sucesión de los hechos pero sí cómo fui a comprar El hombre duplicado nada más salir a la venta y cómo acabé su atropellada lectura una noche de reyes. Pero algo había cambiado ya. Porque no pude descubrir en aquel libro el brillo que hasta entonces había justificado mi devoción. Pasó más tiempo. Descubrí no sólo que el portugués no era Homero, sino que Homero –y Quevedo y Shakespeare y Dante y dios- se llamaba Borges. Pasados unos años volvía su encuentro. Tampoco podría dar una razón concreta, pero Ensayo sobre la lucidez se encontraba en mis manos. Empecé a leerlo, pero no lo acabé. Creo que no llegué ni a la página cincuenta. Tal era la decepción ante una historia que se me antojó absurda y un estilo que no conseguía encenderme el aplauso. Fue entonces cuando le condené al olvido.

Hasta ayer mismo, cuando por casualidad me encontré por la red con el reciente documental José y Pilar. Me lo bajé –por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…– y lo vi. Y lo disfruté mucho porque es un documental excelente. Una obra audiovisual técnicamente impecable. Sugerente, atractiva, elegante. Dirigido por Miguel Gonçalves y coproducido, entre otros, por el hermanísmo Agustín Almodóvar el documental permite al espectador asistir a los quehaceres diarios de José Saramago y su mujer, Pilar del Río, a lo largo de varios meses a través de los cuales el escritor, paralelamente a la redacción de su libro El viaje del elefante, sigue a rajatabla la apretadísima agenda programada por su esposa. Todo un calvario de entrevistas, encuentros, inauguraciones, aeropuertos, fotografías, firmas de libros, conferencias… y así hasta dar con los huesos en el hospital en un gravísimo trance que a punto estuvo de impedirle acabar la obra citada.

Desde luego es claro en todo momento el noble empeño de los autores por mostrar como hilo conductor de la historia narrada el amor de la pareja. Y que éste aparece es indudable. Y que el amor, el binomio José/Pilar, es uno de los tres protagonistas de la obra, también.

Pero a mí me han interesado más si cabe los otros dos, que no son sino José y Pilar, cogidos de uno en uno. Con José Saramago, contrariamente a lo que el sentido común pudiera hacernos pensar, visitamos la trastienda de la literatura, el rincón donde desaparece el papel y la tinta y el silencio y las nubes y aparecen los flashes y los cables y los micros y los hoteles (hay un momento donde vemos cómo el propio Saramago y García Márquez apenas logran vencer al sueño en un multitudinario acto en México). Y en medio de todo eso, descubrimos a un hombre paciente, tierno, afable, voluntarioso, decidido a plantarle cara a la última vejez con ideas y trabajo. Un anciano resignado a su faceta pública, sabedor de la inutilidad de la misma y anhelante de tiempo, mucho tiempo más, para escribir y vivir disfrutando en discreción.

Con Pilar del Río, sin embargo, la visión es otra. Siempre ha sido turbia (y legendaria) la relación entre los grandes escritores –artistas, en general- y sus mujeres, y casi siempre han sido ellas las que han acabado perdiendo el juicio de la historia. En este caso pasa algo similar, empezando por la poco disimulada animadversión que entre los compatriotas del Nobel ha despertado siempre su mujer. Y mucho me temo que el documental poco hará por sacar brillo a su persona. Porque a lo largo del metraje no vemos sino a una mujer tremendamente fría, ávida de un papel protagonista (llega a confesar, además de su convencimiento de que un día conocerá, “si la vida es justa”, a Hillary Clinton, el enorme gusto que le provoca poder dirigirse a las grandes masas) y quizá demasiado exigente a la hora de cerrar agendas con su marido, al que en no pocas ocasiones parece tratar con cierto desdén. Esto último lo digo con prudencia, pues Saramago era listo y la quería. Sus razones tendría y no seré yo quien las ponga en duda.

En cualquier caso, es el propio escritor quien mejor condensa el papel de ambos: “Yo pienso en la literatura, ella piensa en la vida. Y aún no sé qué es más importante”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: