THE FIGHTER QUIERE Y NO PUEDE

Ni rabo, ni orejas. The fighter merecería, a lo sumo, una vuelta al ruedo saludada. Pero no más. Era la última grande de 2010 que me faltaba por ver antes de llegar los Oscar y la reticencia que hasta ahora había sentido a enfrentarme a ella tiene ahora muchas razones a su favor.

Es verdad que algunos actores tienen una actuación destacada. Fundamentalmente Christian Bale y los secundarios, que no Mark Wahlberg, plano e inexpresivamente musculado en su inverosímil papel de fugaz campeón del mundo. Y es verdad también que la película es capaz de fotografiar acertadamente la fealdad que envuelve la historia real que trata. Pero en ningún caso es suficiente para gozar de los aplausos generales que la cinta ha suscitado por medio mundo. En absoluto.

Quizá el fallo principal debamos buscarlo en un guión deliberadamente partido en dos. Una primera mitad que con la excusa de un documental que anda rodando la HBO acerca de la afición al crack del personaje de Bale trata de mostrarnos el sórdido mundo de las barriadas americanas, con sus mujerzuelas y sus adicciones, en lo que no pasa de ser una retahíla de tópicos ya vistos mil y una veces en mil y una películas que nos han contado lo mismo. Y una segunda mitad en la que vemos, de manera precipitada el ascenso de Micky Ward a campeón del mundo, pasando por las ya estereotipadas escenas de entrenamiento con chándal cutre, la rueda de prensa de los contrincantes y un combate final que, como todos los que salen, para colmo, está pésimamente coreografiado.

Con todo, The fighter duda entre querer (y finalmente no poder, ni de lejos) ser una mezcla entre Toro Salvaje y Rocky. Pero no. Ni mucho menos. Al final ninguna de las que para mí son las dos grandes películas de boxeo de la historia del cine se ve ni levemente reflejada en la obra de David O. Russell. Porque el lado oscuro que ronda más allá de las cuerdas del ring, la profunda relación fraternal entre los protagonistas, la inmundicia del proceso hasta alcanzar la cima lo contó como nadie el primer Scorsese. Y porque la oportunidad del éxito para el novato, los duros entrenamientos, el afán de superación, la pérdida de aliento en el cuadrilátero (con el salvaje despertar de los últimos rounds) y la total empatía con el boxeador ya la consiguió Stallone de manera magistral (sí, Stallone, ¿qué pasa?).

Es verdad que, pese a lo que pueda parecer, es muy difícil hacer una película de boxeo precisamente por lo que acabamos de decir. Lo importante ya está perfectamente retratado. Las dos películas citadas, junto a Gentleman Jim (ejemplo de cómo condensar en noventa minutos toda la ascensión a una gran pelea definitiva) y Más dura será la caída (la soledad del boxeador frente a los tipos de negocios sucios que al final se llevan todo y desaparecen), conforman las cuatro esquinas definitivas del ring cinematográfico.

Dicho esto, o se enfrenta uno al mismo tema desde la originalidad más radical o termina noqueado en el primer asalto. Todo ejercicio de imitación está condenado al fracaso, por más que la crítica lo alabe, que es lo que para mí le ha pasado a The figther. Una película que no está ni de lejos a la altura de sus competidoras en el camino al Oscar.

¿Alguien puede negar que sólo en los 2 minutos que duran los títulos de crédito de Toro Salvaje ya se nos dice mucho más sobre el mundo del boxeo y sus circunstancias que en todo The fighter?…

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