CINE ESPAÑOL: UNA SORPRESA Y UNA EXCLUSIVA

Ayer estuve en un acto en el que se daban cita importantes productores cinematográficos del país. Entre los ponentes no faltaba gente importante de la cúpula kultural. Así, Carlos Cuadros, director del ICAA (el que da subvenciones, vamos) y Pedro Pérez Fdez de la Puente, presidente de FAPAE. Si bien el primero anduvo perdido en una intervención pulcramente gubernamental y confortable hacia el sistema que le da de comer y acaba de regalarle el nuevo puesto que ocupa, las palabras del segundo no tuvieron desperdicio. Fundamentalmente por dos motivos.

En primer lugar, porque reconoció a las bravas el tremendo fracaso del cine español. Si bien afirmó no tener aún datos oficiales, sí dejó caer veladamente los horrorosos datos que ya comentamos aquí el otro día. Llegó a hablar incluso de “catástrofe” en la industria, reconociendo la imposibilidad de hacer rentable toda película que superase los 3 millones de euros. Ante esta situación, concluyó con la necesidad de “hacer saltar por los aires el modelo” y no acudir tan descaradamente a “papá estado”. Es fácil comprender mi satisfacción y la tremenda sorpresa al escuchar esas palabras de la boca de un cargo público tan de peso en el sector como el presidente de los productores españoles. El problema vino luego.

Porque, en segundo lugar, animado por las quejas del público asistente (guionistas y, sobre todo, productores) se terminó proponiendo como grandes alternativas el seguir profundizando en la legislación, en la necesidad vital de las subvenciones y (he aquí la exclusiva) la urgencia de “educar a los niños” desde su más tierna infancia para que aprendan a valorar las películas españolas.

Ya es lo que faltaba. Tocar a los chavales, limpiar cerebros, manipular mentes abiertas para después robarles dinero y financiar con él películas que han de ser obligatoriamente exhibidas. Increíble. Patético. Medidas dignas del Stalin más imprudente. Por eso merecen estar donde están. Y por eso no hay salvación posible dentro del sistema. Así se hundan.

¿Se habrán preguntado, por cierto, por qué los niños (y adultos) acuden felices a ver películas americanas sin necesidad de ninguna de esas medidas? Evidentemente, no. O sí, y le habrán encontrado alguna excusa malvada.

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