CAMINO A LA LIBERTAD, UN LARGO PASEO

Ayer, con muchas ganas de ver lo nuevo del director de El show de Truman y, sobre todo, Master and Commander, fue a ver Camino a la libertad.

La película, “inspirada” (no “basada”, así que no sé hasta qué punto es fiel) en el libro The long walk: the true story of a trek to freedom, de Slavomir Rawicz, nos cuenta la historia de un grupo de convictos en un campo de concentración soviético siberiano que, liderados por un experto montañero, deciden escapar mediante lo que se convertirá en una auténtica aventura de supervivencia: una larga caminata de 6.500 kilómetros hasta llegar a la India, territorio libre, al fin.

Si bien uno va al cine pensando en una historia de lucha contra la férrea opresión de las dictaduras propiamente humanas, la película pasa pronto a convertirse de manera monotemática en un tratar de sobrevivir frente a las inclemencias de la propia naturaleza, como si de unos alpinistas estuviéramos hablando. Supongo que las razones pueden fácilmente hallarse en el hecho de que National Geographic Enterteinment es la co-productora. No obstante, es cierto que en los primeros minutos se nos anuncia de manera más o menos abierta cuando el comandante del campo explica a los reclusos que “no son nuestras armas, ni nuestros perros ni nuestra alambrada lo que constituye vuestra prisión, sino Siberia”. Cabe tener esto en cuenta como una de las ventajas con que contaron los comunistas frente a los nazis, además de un tiempo mucho mayor a la hora de conseguir muertes: por eso consiguieron ganar tan abrumadoramente el partido con sus más de cien millones de cadáveres frente a los seis de los alemanes. No obstante, como digo, uno no deja de pensar que a lo largo de ese año de escapada se hubieran encontrado con algún que otro sobresalto civil, más allá del dolor de pies, el frío o el hambre.

Pese a todo, en la aventura hay momentos a destacar como cuando Valka (francamente bien interpretado por un Colin Farrell que hace un alarde lingüístico importante hablando un buen ruso y un mal inglés), a punto de cruzar la frontera de la Unión Soviética decide volver atrás con un sincero “la libertad no es para mí” o cuando la chica polaca que se les une a medio camino no para de repetir su verdadero nombre hasta el mismo momento de su muerte, como no queriendo mantener, a pesar de todo, su verdadera identidad. El papel de Ed Harris, siempre a la altura, también se agradece mucho siendo capaz, en algunos momentos, de llenar la pantalla con su sola presencia.

Por lo demás, la película peca de un metraje quizá excesivo (133 minutos) y de una falta de ritmo importante en algunos momentos, lo cual pretende ser suplido por los alardes paisajísticos ya comentados, además de ciertos esquemas de guión demasiado repetitivos (parece, por ejemplo, que siempre se echan a dormir a punto de coronar una cima, siendo a la mañana siguiente cuando alguien sube dos pasos  y ve que justo detrás está el nuevo objetivo, tan ansiado).

Todo ello hace que no nos encontremos, ni de lejos, ante una película del ritmo y la calidad de Master and Commander o la hondura de El show de Truman, anteriores trabajos de Peter Weir, lo que no quita para que, dada la cartelera actual, uno deba decantarse por acudir a verla y pasar un buen rato entretenido.

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