QUÉ BELLO ES VIVIR

Si buscando a lo largo de toda la historia del cine tuviéramos que elegir cuál de entre todas las películas realizadas hasta la fecha podría ser nombrada algo así como Miss Navidades Blancas, no habría lugar a dudas: Qué bello es vivir, de Frank Capra.

En ella está la bondad, el altruismo, las grandes esperanzas satisfechas, el bien contra el mal, la ayuda al débil y todas las buenas costumbres que se nos ocurran (y seguramente muchas más). Capra llegó a decir que esta película era su “forma de dar las gracias a América por haberme dado una oportunidad (…) Sólo aquí era posible que un hijo de campesinos sin cultura llegara a tener el tipo de educación que yo tuve y, sobre todo, que llegase a poder utilizar su propio talento y tener incluso éxito”.

Pese a que tales declaraciones suponen todo un canto a la libertad, motor único y principal por el que sucedían en EEUU todas las virtudes cantadas por el director, tenemos que decir que erró de lleno en su análisis de las causas hasta el punto de alabar (sin intención, seguro) en la película buena parte de las actitudes que nos han llevado a la crisis que estamos viviendo.

“Qué bello es vivir” nos cuenta la historia de George Bailey quien, el mismo día de Nochebuena, decide, fruto de la desesperación, que no le queda sino el suicidio como única salida digna de los males que le persiguen. Ante esto, el mismo Dios decide mandar a la tierra a un ángel a fin de salvarle la vida no sin antes recordarle cómo han transcurrido los días de este ejemplar ciudadano desde su más tierna infancia. Es así como descubrimos que Bailey se hizo cargo del negocio de préstamos de su padre y cómo este (dedicado íntegramente a prestar dinero sin otra base que las buenas intenciones y los derechos sociales de los necesitados) termina inevitablemente quebrando cuando los malvados capitalistas, gordos y con puros, se niegan a seguir concediéndole crédito. Sólo por lo representativo de la escena en la que todo el pueblo acude a la case de préstamos en masa a sacar su dinero y cómo el propio Bailey les explica que allí no lo tiene porque lo ha prestado a su vez a otros vecinos merecería la pena ver la película.

Pero hay muchas más razones. Y desde luego el garrafal error ideológico sobre el que se sustenta la historia no debería hacernos huir de ella (ningún documental ha superado el Triunfo de la voluntad, y todos sabemos lo que en él se canta). Así el guión perfecto, la maravillosa interpretación de James Stewart, la sencilla y poderosa dirección de Capra y, sobre todo, los veinte últimos minutos, seguro una de las secuencias más con más magia y emoción que puedan verse, donde el ángel de la guarda (en busca de hacer méritos para ganarse por fin unas alas como dios manda) le muestra a nuestro George Bailey, después de haberle salvado la vida, cómo habría sido el mundo sin su existencia, cómo la influencia de cada hombre, pese a parecer nula, es capaz de afectar a otra mucha gente sin que nadie lo perciba de un modo explícito.

Es importante acabar con una anécdota curiosa y tremendamente reveladora: cuando se estrenó, la película, pese al éxito de su director, no tuvo ningún éxito entre el público americano, que no se sentía atraído por el discurso que en ella se exponía. Tendrían que pasar 28 años, exactamente el mismo día en que caducó el copyright que la protegía, para que las televisiones, animadas por su bajo coste de emisión, empezaran a emitirla año tras año todas las navidades consiguiendo con ello el cariño del público de todo el mundo. Todo duró hasta 1993, año en que, a base de triquiñuelas y bajezas burocráticas, se consiguió proteger de nuevo una película que volvió de nuevo a los cajones del olvido. Tanto es así que yo tuve que verla la otra noche, a la 1:30 de la mañana en Telemadrid, gracias el programa de Garci.

En fin, Feliz Navidad y feliz Qué bello es vivir.

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