LEY SINDE: THE END

Desde luego no puede decirse que haya sido un triunfo de la libertad. Al menos un triunfo consciente y deliberado. El fracaso de la llamada Ley Sinde más bien puede achacarse a una burocracia chusca y torticera que, llevada al extremo, parece haber causado tal vergüenza ajena (y miedo electoral, claro) a parte de la clase política española que les ha llevado a no querer figurar en el reparto de semejante tropelía.

En cualquier caso, sea como fuere, es una buena noticia para los usuarios que, no se olvide nadie, son, en cuanto tales, consumidores de cultura, el público, en fin, del que viven todos los charlatanes (piratas, estos sí que sí) que, como Alejandro Sanz o varias distribuidoras y productoras cinematográficas españolas, no han respondido sino lloriqueando y repartiendo pataletas.

En varias de las webs de estas empresas podíamos ver un cartel que, básicamente, venía a decir lo siguiente:

Esta distribuidora desaparecerá y las personas que trabajan en ella se irán a la calle en breve si no se aprueba con urgencia una ley que nos proteja contra las descargas ilegales y la piratería

De este mensaje se deduce: primero, que la “piratería” y las “descargas ilegales” (daremos los términos por buenos solo a efectos dialécticos) son las dos causas fundamentales de la crisis del sector; y, segundo, que sin la ayuda estatal son incapaces de mantener sus negocios a flote.

Ante esto, y por ser concisos (ya hemos tratado otras veces sobre la ilógica de la propiedad intelectual), podríamos fácilmente negar lo primero en base a que los datos que manejan son demostrablemente falsos y que, aún fiándonos de los datos de descargas de que disponemos, todo nos lleva a concluir que ni siquiera de esa manera se consume cine español; y sobre lo segundo, simplemente decir que cuando un negocio necesita de la protección y la ayuda estatal es únicamente porque en el mercado son incapaces de competir con solvencia, lo que significa que los consumidores libremente prefieren gastar su dinero en otros bienes y servicios que les satisfacen de un modo mayor. Ante esta situación, obligar a las personas a financiar sus caprichos (pese a que lo engalanen con el nombre de cultura) parece, cuanto menos, injusto.

En fin, que un respiro para la libertad en internet aunque sea temporal. La sombra del poder es alargada y hoy mismo, por ejemplo, en EEUU ya ha dado sus frutos en el mismo ámbito.

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