GOD ON TRIAL

God on trial es algo más que una magnífica película. Y con “algo más” quiero decir que trasciende lo que por tal pudiéramos entender a bote pronto. Si bien es cierto que en ella no podrá encontrarse alarde técnico alguno, en pocas ocasiones podrá el espectador encontrarse frente a frente con unos diálogos de tan hondo calado y unas interpretaciones tan ajustadas al papel correspondiente.

La película, un proyecto de bajo presupuesto de la BBC, narra una historia que, según cuenta Elie Wiesel en su libro The Trial of God, tuvo lugar en uno de los barracones de Auschwitz cuando un grupo de prisioneros, esperando a ser elegidos para el próximo grupo de aniquilación, deciden llevar a cabo un proceso judicial contra Dios. El cargo que se le imputa: romper el pacto que le unía con el pueblo judío.

A partir de ahí, como digo, los argumentos de unos y de otros no tienen desperdicio y logran mantener la atención del espectador los 90 minutos que dura la cinta. Todas las razones de peso que a lo largo de la historia se han dado en uno y otro lado del eterno debate van apareciendo y enfrentándose, sin tomar nunca partido por parte de los realizadores, mientras la desesperación y el temor van poco a poco incrementándose en unos presos que, habiendo visto ya la mayor cantidad de mal que pueda imaginarse, se saben poseedores aún de una vida que probablemente en apenas unos minutos también les va a ser arrebatada de la manera más cruel.

Es verdad que, finalmente, los protagonistas toman partido y emiten su veredicto. Sin embargo, un instante después (pare aquí quien no quiera saber el final), habiéndose atrevido a condenar a Dios, hay quien pregunta, ya en los pasillos que les conducen a la muerte:

Ahora que Dios es culpable, ¿qué hacemos ahora?

– Ahora… ahora, rezar– contesta otro, dejando al espectador el papel de juez de última instancia.

A mi entender, la película pone de manifiesto lo que ya dijera Bertrand Russell, y antes que él varios otros, en su famosísimo “Por qué no soy cristiano”: que la gente no cree o deja de creer en base a razonamientos intelectuales. Es más, que seguro que muchos de los que se lo planteen desde ese punto de vista puedan llegar a conclusiones parecidas a las de los protagonistas y, sin embargo, no ser capaces de dominar aquello que les impulsa a creer, mezcla, a mi modo de ver, del poso que deja la educación/cultura en la que uno ha nacido (Dawkins afrece aquí su teoría de la religión como “subproducto” evolutivo) y, fundamentalmente, la irracionalidad del miedo.

En cualquier caso, repito que God on trial tiene, acertadamente o no, la cualidad de no tomar partido y presentar limpiamente los argumentos de uno y otro lado. Sería, por tanto, muy recomendable que todos aquellos interesados en un debate de tan rancio abolengo pasen y vean lo que esta película ofrece. Amén.

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