LA CULPA MADEINUSA

Hablábamos ayer del gran éxito peruano-español La teta asustada, de Claudia Llosa. Tras el buen sabor de boca que me dejó, no he podido resistir buscar el primer –e inmediatamente anterior- trabajo de la directora, con el que guarda, por cierto, innumerables paralelismos.

Se trata de Madeinusa (2005), la historia de una adolescente que reside, junto a su padre y su hermana, en un pueblo imaginario de la sierra peruana. Allí llegará Salvador (Carlos de la Torre en la interpretación más débil del reparto), un joven viajero de Lima, justo cuando el pueblo entra en el período conocido como “tiempo santo”, los dos días que van del viernes santo al domingo de resurrección. Durante este tiempo, establece la tradición que dios ha muerto y el pecado desaparece, pudiendo los habitantes actuar sin la inquisitiva mirada de su juez supremo. Entre ellos, claro, están la propia Madeinusa y el atractivo viajero, entre los que surgirá una relación que tratará de aprovechar la joven a fin de poder huir a la capital y encontrar a su madre ausente.

Desde luego el argumento, trazado a base de mezclar tradiciones existentes e imaginarias, es sumamente atractivo y dotado en sí mismo de la suficiente fuerza como para que casi cualquier historia pueda funcionar, además de nutrir la película de una fuente casi inagotable de imágenes que Llosa sabe perfectamente aprovechar, recreándose en detalles que en ningún caso –aunque con menos agilidad que la demostrada después en La teta asustada- aburren al espectador. Cabe destacar también el inteligente uso de los colores, poniendo de relieve el buen gusto de la directora peruana. Me ha recordado en esto a Pedro Almodóvar, si bien en él es –conscientemente- aún más acentuado hasta el punto de que, para mí, casi todas sus películas bien podrían visionarse sin sonido (y me atrevo a decir que incluso algunas ganarían) sin que al espectador llegasen a dolerle las posaderas (que era la medida que usaba Hitchcock para saber el nivel de entretenimiento de cualquier película).

Por encima de todo, así como en La teta se nos hablaba del miedo, en Madeinusa se trata fundamentalmente del concepto de culpa. Más concretamente, de la culpa en relación con la religión, entendida ésta como fuente o brújula de toda moral. Como si partiesen de la vieja máxima de Dostoievski “si dios ha muerto, todo está permitido”, todos los habitantes del pueblo se lanzan, una vez descendida la imagen del Cristo crucificado de la iglesia y habiéndole vendado los ojos con un paño, al placer desenfrenado, liberados ya del atávico crimen del pecado. Y entre ellos, como se ha dicho, la propia Madeinusa, impulsada por el propio anhelo de reencontrarse con su madre huida. Todo durará hasta la mañana del domingo de resurrección, momento a partir del cual el dios hasta ahora ausente vuelve a ocupar su lugar de juez. Lo malo, claro, es que quienes creen en esto creerán también que pueden engañarle a gritos sobre lo sucedido un momento antes de volver a destapar sus ojos, sorprendiendo así al espectador con un clímax final inesperado.

Al hilo de todo esto, uno no puede dejar de recordar la genial “Delitos y faltas”, en la que Woody Allen explica cómo al final, pese a la alta improbabilidad de la existencia de dios y la poca fiabilidad de la justicia, sólo la propia moral es la que nos culpa o  nos libera de las decisiones tomadas. Pero esto es ya otro tema y, sin duda, merecerá un post aparte. Entretanto, recomiendo vivamente la visualización de Madeinusa.

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