EL VERDUGO: TRES ESCENAS Y UN SONIDO.

Berlanga ha muerto, viva Berlanga. Y lo tendrá fácil. Él, como otros pocos genios de las artes (con qué facilidad se regala habitualmente la palabra…) tienen, como recompensa al trabajo bien hecho, garantizado el pase vip a la posteridad. Boyero decía el otro día que ese don le venía dado por Plácido y El verdugo. Para mí, podrían fácilmente añadirse a la lista tanto su Trilogía Nacional como su París-Tombuctú, de las que hablaré otro día.

Decir El verdugo es decir cine. En ella, Berlanga nos habla de un poder capaz de corromper a las personas, de la masa que aplasta al individuo tema desde luego no caducado, pese a la muerte de aquel régimen político en que se desarrollaba la película. Hoy mismo podríamos usar la metáfora berlanguiana (¿para cuándo la inclusión oficial del adjetivo en la RAE?) del verdugo para explicar el núcleo mismo de nuestro mal llamado estado del bienestar. Recordemos que la razón por la que Nino Manfredi se ve avocado a coger el relevo en el cargo de ejecutor es precisamente el acceso a un piso de protección oficial. No está de más recordar aquí la vieja e insuperada definición de Bastiat según la cual el Estado no es sino la gran ficción mediante la cual todos pretenden vivir a costa de los demás.

Para mí, tres son las escenas imborrables que Berlanga aportó a la historia del cine con esta película: en primer lugar, la escena de la boda de la pareja protagonista, entrando a la iglesia nada más terminar la ceremonia nupcial de otra pareja de rango social mucho más elevado, mientras los monaguillos van interrumpiendo el acto según van quitando los adornos que a ellos no les corresponden: las flores, las butacas de terciopelo e incluso las velas de los candelabros que hacen que prácticamente queden a oscuras. En segundo lugar, la celebérrima escena de las Cuevas del Drach, con la pareja de Guardia Civiles llamando a Manfredi desde las aguas, altavoz en mano. Y en tercer lugar, y quizá más representativa e inolvidable por lo que de visual y trabajado tiene, la escena casi final de la película en la que, a través de un amplio y desierto patio interior, se dirigen verdugo, reo y autoridades a celebrar la ejecución divididos en dos grupos: unos acompañando al futuro ajusticiado y otros, con mucho más trabajo, tratando de animar al pobre verdugo cuyo sombrero, en el forcejeo, queda caído en medio del recinto, solitario, hasta que un guardia vuelve corriendo a recogerlo, como no dejando que nada de él quede fuera en el momento de la verdad.

Y por encima de esto, a modo de tétrico hilo musical, el sonido metálico de los hierros en la bolsa de trabajo del verdugo. Pocas veces un efecto sonoro ha sido tan efectivamente visual.

Bendito sea Berlanga. Amén.

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Una respuesta to “EL VERDUGO: TRES ESCENAS Y UN SONIDO.”

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